
Colaboración especial de Claudia Caballero
En octubre, Galicia y Bruselas se convirtieron en puntos de encuentro para quienes, desde diferentes territorios, impulsan monedas sociales, comunitarias y complementarias. Entre experiencias locales, debates sobre el futuro del dinero y espacios de intercambio, quedó una certeza: la diversidad monetaria no se construye únicamente diseñando otros instrumentos de intercambio, sino tejiendo relaciones, sosteniendo procesos colectivos y recuperando la capacidad de las personas para organizar su propia economía.
Fraternidad como motor de redes
Los días 10 y 11 de octubre se celebró en Carballo, Galicia el XV Encuentro Ibérico de Monedas Sociales y Complementarias. Más allá de las ponencias y los debates, el encuentro tuvo algo especialmente valioso: la posibilidad de reconocernos entre quienes, desde diferentes experiencias llevamos años apostando por otras maneras de intercambiar, producir y satisfacer nuestras necesidades.
Este encuentro se remonta a 2012, cuando Vilanova I la Geltrú, Cataluña acogió la primera reunión. Fue organizada por impulsores de la moneda Turuta, como Ton Dalmau y Carme Dartis, referentes en las monedas sociales en España. Desde entonces, y gracias a la perseverancia de sus organizadores e inspiradores, como Miguel Yasoyuki, se ha mantenido un espacio de articulación entre iniciativas que, a pesar de las dificultades, continúan buscando alternativas al sistema monetario convencional.
Sostener esta clase de encuentros durante años no es poca cosa. Las monedas sociales suelen surgir de procesos ciudadanos con recursos limitados, sostenidos por el compromiso voluntario, la colaboración y el entusiasmo de quienes creen que la economía puede organizarse de otra manera. Mantener la comunicación, convocar a las experiencias y abrir espacios para compartir aprendizajes es, en sí mismo, un trabajo de construcción colectiva.
En Carballo, esta vocación se hizo especialmente visible, nuestros anfitriones fueron la Red de decrecimiento de Carballo, Vitor Lourenco fue uno de los principales organizadores del encuentro y quien además busca reanimar la moneda social “Salvia”, surgida en esta localidad hace algún tiempo. Su experiencia nos recuerda que las monedas no son proyectos acabados: necesitan personas, encuentros, confianza y motivos para seguir circulando.
Entre otras monedas pudimos escuchar a la Turuta, experiencias de bancos de tiempo articuladas con la Asociación Iberoamericana de Bancos de Tiempo gracias al incansable Julio Gisbert; así como otras iniciativas comprometidas con la economía local. Se expusieron estrategìas de vinculación entre monedas a través de innovadoras plataformas. También se presentaron experiencias brasileñas y se abordaron los aprendizajes que pueden surgir del encuentro entre monedas sociales y bancos de tiempo. Desde América Latina en formato taller, Heloisa Primavera compartió los aprendizajes desde las monedas sudamericanas. Por mi parte tuve la oportunidad de compartir la experiencia mexicana.
El programa incluyó reflexiones sobre el diseño del dinero como práctica social y política, las monedas sociales en tiempos de crisis y las posibilidades de construir economías locales. Pero quizá uno de los mayores aportes de estos espacios no aparece en los títulos de las ponencias: está en la fraternidad que se construye al reconocernos como parte de una búsqueda compartida. Escuchar a quienes llevan años sosteniendo sus iniciativas, conocer sus dificultades y celebrar los avances, nos permite comprender que no estamos solos.
La autoorganización es fundamental para mantener vivo este movimiento. No basta con crear una moneda y esperar que funcione. Es necesario construir acuerdos, convocar a las personas, resolver conflictos, generar espacios de intercambio y mantener el entusiasmo
colectivo. La moneda es una herramienta: la comunidad que la sostiene es lo que le da sentido.
No todo dinero alternativo es moneda social
Una distinción merece especial atención; no todas las monedas alternativas funcionan de la misma manera. Por un lado, existen monedas respaldadas por euros y otras monedas oficiales. Su emisión depende de ese respaldo y, en muchos casos su propósito es facilitar el consumo local, promover el comercio de proximidad.
Por otro lado, están las monedas de crédito mutuo, en las que no es necesario contar con moneda oficial previamente para emitir la moneda social. El crédito surge de la capacidad de las personas para ofrecer bienes y servicios y de los acuerdos que hacen posible el intercambio. Este último ofrece posibilidades muy profundas, porque nos permite cuestionar la idea de que para intercambiar necesitamos contar con dinero oficial.
En un sistema de crédito mutuo, la confianza adquiere un papel central. Si la persona ofrece un producto o servicio y otra lo recibe, el intercambio puede realizarse a partir de los acuerdos de la comunidad sin que ambas tengan que disponer previamente de euros. La capacidad de aportar algo útil a los demás se convierte en una posibilidad de acceso a otros bienes y servicios.
En el Multitrueke Mixiuhca, esta reflexión nos ha acompañado desde nuestros inicios: la confianza puede convertirse en crédito y el crédito puede expresar una relación entre personas, no solamente una operación económica.
Por supuesto, el crédito mutuo también necesita reglas claras, límites acordados y mecanismos para atender los desequilibrios. La confianza no elimina la necesidad de organización; la hace indispensable.
La pregunta, entonces, no es únicamente qué moneda utilizamos, sino qué relaciones construimos a través de ella. ¿Queremos facilitar las ventas o también fortalecer la reciprocidad? ¿Buscamos aumentar el consumo local o desarrollar capacidades colectivas para resolver nuestras necesidades? ¿El dinero es el centro de la relación o una herramienta al servicio de la vida?
Del intercambio a la comunidad: diferentes maneras de entender las monedas. Otra reflexión que surgió del diálogo entre experiencia europeas y latinoamericanas tiene que ver con las diferencias en sus objetivos y formas de organización.
En términos generales, muchas iniciativas europeas se caracterizan por una orientación práctica: resolver problemas concretos, dinamizar economías locales, fortalecer determinados sectores comerciales o alcanzar objetivos definidos. Esto se observa, por ejemplo, en monedas que buscan favorecer el comercio de proximidad o en sistemas que faciliten el intercambio de servicios. En diversas experiencias latinoamericanas, en cambio las monedas comunitarias se han desarrollado también como procesos de creación de comunidad. El intercambio no es solamente un medio para obtener productos y servicios; es una oportunidad para conocerse, reconocerse, construir confianza y desarrollar capacidades colectivas.
Esta diferencia no debe entenderse como una división absoluta. En Europa también existen experiencias que colocan los vínculos y los bienes comunes en el centro, así como en América Latina hay iniciativas orientadas a objetivos económicos específicos. Sin embargo, la comparación permite reconocer énfasis distintos y preguntarnos qué podemos aprender unas de otras.
En nuestras experiencias comunitarias, construir comunidad no es un resultado secundario de la actividad económica. Es parte de su propósito. Nos interesa que las personas puedan resolver necesidades, pero también que encuentren espacios para participar, compartir saberes, reconocerse como prosumidoras y descubrir que juntas pueden hacer cosas que individualmente sería más difícil.
La economía solidaria nos invita precisamente a ampliar la mirada; la economía no se reduce a comprar y vender. También comprende cuidados, cooperación, reciprocidad y formas de organización que permiten sostener la vida.

Bruselas: la diversidad monetaria en un escenario internacional
Del 23 al 25 de octubre, la conversación continuó en Bruselas, Bélgica, con la segunda edición del Encuentro de Diversidad Monetaria (Monetary Diversity Gathering).
El programa reunió a más de 60 ponentes y representantes de más de 80 organizaciones, con actividades dedicadas a las monedas municipales, las finanzas sostenibles, el crédito mutuo, las monedas locales, los bancos de tiempo y la seguridad alimentaria y el futuro del dinero.
La primera jornada, celebrada el viernes 23 de octubre, estuvo dedicada a las monedas municipales públicas, la banca ética y las finanzas sostenibles. Se presentaron experiencias relacionadas con iniciativas monetarias impulsadas desde gobiernos locales.
El sábado 24, bajo el eje de diversidad monetaria, el programa abrió un espacio más amplio para las monedas recíprocas, el crédito mutuo y las monedas locales. Participaron iniciativas como Chiemgauer, Eusko, Le Val´heureux y MuntUit, además de experiencias vinculadas a los bancos de tiempo y las redes de intercambio comunitario.
La jornada también incluyó un segmento académico y un panel de economía solidaria moderado por Sarah De Heusch en el que participé para compartir la experiencia mexicana, junto con representantes del Mouvement SOL y RIPESS.
El domingo 25, las conversaciones se orientaron hacia el futuro del dinero, las monedas vinculadas a la energía, las monedas descentralizadas y las posibilidades de construir bienes comunes a través de ellas. Heloisa Primavera impartió, además un taller a partir de los aprendizajes de su larga trayectoria.
La diversidad de propuestas mostró que no existe una única manera de transformar el sistema monetario. Hay iniciativas que trabajan con gobiernos locales, otras que se articulan con comercios y productores, algunas que desarrollan sistemas de crédito mutuo y otras que exploran nuevas formas de organización descentralizada.
Esta diversidad es una fortaleza, siempre que exista disposición para reconocer las diferencias y dialogar sobre los propósitos de cada experiencia.
El encuentro de Bruselas hizo referencia a la importancia de conectar las experiencias monetarias con debates más amplios sobre la justicia económica, la sostenibilidad y la organización social.
Tejer redes para que otras economías sean posibles
Carballo y Bruselas fueron encuentros muy distintos, pero complementarios. En Galicia se destacó la cercanía entre experiencias que llevan años construyendo una historia compartida, así como la importancia de la perseverancia y la autoorganización. En Bruselas, la amplitud internacional permitió conocer diferentes escalas, herramientas y perspectivas sobre la transformación monetaria.
Ambos encuentros confirman que las monedas sociales y comunitarias necesitan espacios de articulación. Encontrarnos nos permite aprender de los errores y aciertos de otras experiencias, construir alianzas, hacer visibles iniciativas que suelen permanecer fuera de
los grandes debates económicos.
Pero también necesitamos mantener una mirada crítica. No toda moneda alternativa transforma las relaciones económicas, ni toda iniciativa que favorece el comercio local construye comunidad. Es necesario preguntarnos constantemente qué objetivos perseguimos, cómo nos organizamos y quienes participan en las decisiones.
Para quienes impulsamos economías solidarias, el desafío no consiste solamente en crear otros medios de intercambio. Se trata de construir condiciones para que las personas puedan satisfacer necesidades con mayor autonomía, reconocer sus capacidades y participar en la organización de su vida económica.
En la Mixiuhca hemos aprendido que una moneda comunitaria puede ser mucho más que una herramienta para intercambiar productos. Puede convertirse en una invitación para hacer comunidad. En tiempos de incertidumbre económica, crisis ambiental y debilitamiento de los vínculos sociales, estas experiencias nos recuerdan que existen otras posibilidades. No son soluciones mágicas, ni están libres de dificultades. Son procesos vivos que requieren trabajo, cuidado y compromiso.
Por eso, encontrarnos importa. Porque cada reunión y cada alianza contribuyen a que estas iniciativas no permanezcan aisladas. Y porque, cuando nos reconocemos como parte de una búsqueda compartida, también recuperamos la capacidad de imaginar y construir otros futuros.
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