
La Fundación Cultural Pascual preserva la solidaridad cultural y la lleva lejos.
La Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y el Arte cumple el próximo octubre 35 años de labor cultural ininterrumpida. Es única en su tipo, y cuenta con un acervo de 2 mil 229 obras plásticas –al día de hoy– de artistas de diversas corrientes y técnicas; así preserva la solidaridad cultural que hace ayeres recibió, y que hoy lleva lejos.
A lo largo de tres décadas y media, las obras de Siqueiros, Zalce, Carrington, Toledo, de Fanny Rabel, Susana Campos, Raúl Anguiano, Mario Orozco y un larguísimo etcétera, han viajado por todo México. A diferencia de las fundaciones culturales de bancos o consorcios, este proyecto cultural no tiene una colección, tampoco compró las obras, ha logrado un invaluable acervo por solidaridad y compromiso político de artistas. Tiene una genuina proclividad por “llevar la cultura al pueblo”, así su patrimonio cultural navega continuamente hacia escuelas, museos, universidades y centros comunitarios distantes y de poco acceso al arte y la cultura.
Mariela Anguiano, actual presidenta de la Fundación Cultural Trabajadores de Pascual explica que su misión es llevar su acervo a cualquier lugar. Recuerda que al primer evento que asistió fue a una “Noche de museos” –programa cultural de la CDMX– al que llevaron 24 piezas. “Llegamos y yo me imaginaba un museo o una galería, pero no, de hecho era justamente en el cerro”. Agrega que después bajaron a las galerías que eran de lámina y estaban en medio del bosque. “Las personas estaban muy agradecidas con la fundación porque nadie hace eso”.
La génesis cultural
Aunque la fundación cumple 35, su génesis comenzó mucho antes, por allá del año 1985. Entonces el movimiento ya había logrado conformar la Cooperativa de Trabajadores de Pascual, pero no tenía dinero y no lograba consolidar algún crédito de gobierno. Con aliados de toda índole, y en particular del sector artístico, lograron recabar obra plástica de artistas provenientes del Salón de la Plástica Mexicana, del Taller de la Gráfica Popular y también de artistas independientes.
En 1985, tras varios meses de recibir solidaridad alcanzaron alrededor de 600 piezas plásticas. La idea original era lograr una “gran subasta de obras de arte” que dejara dinero para echar a andar la refresquera, pero esta ya no se realizó. Sin embargo, se organizaron dos exposiciones pictóricas, una en el Museo del Carmen, y otra en el Palacio de Minería, mostrando el músculo solidario de parte del sector artístico cultural.

Con un apoyo solidario de 1 millón y 450 mil pesos provenientes del Sindicato de Trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (STUNAM), la Cooperativa Pascual logró arrancar la producción. La solidaridad de los artistas quedó en manos de los obreros ahora conversos a cooperativistas. A mediados de los ochenta, para Los Patos había mucho qué hacer para lograr generar sus propios salarios, se trabajaba día y noche e incluso se dormía en las plantas, por ello la obra se almacenó en una bodega de refrescos por algún tiempo.
1991
Con los años, la asamblea de la cooperativa inteligentemente nombró a algunos responsables de lo que sería “el brazo cultural de la Cooperativa Pascual”. Designaron a Valentín Bautista, Juan Espinal y Alejandro López como el primer equipo que se encargó de cimentar la vida cultural. En 1991 quedó constituida la Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y del Arte.
“Lo primero que hacemos es asesorarnos de profesionales, de gente que estaba en el medio cultural. Estuvimos investigando y nos dieron un nombre, El Chas”, relata Valentín Bautista. Junto a él comenzaron a constituir el documento rector de la fundación que incluyó la participación de la cooperativa. A la par trabajaron en mantener el acervo artístico en condiciones adecuadas.
Con la asesoría de muchas personas, como el museógrafo Saúl Salomón, se capacitaron para el manejo de la obra, fabricaron racks para alojar la obra, aprendieron a enmarcar y a resguardar las piezas. “Imagínate, trabajadores de la industria refresquera, acostumbrados a otra vida, y de repente teníamos toda la obra ahí recolectada, pues era una gran responsabilidad la que teníamos”, recuerda Valentín en charla con La Coperacha.
Una idea loca
La primera exposición ocurrió el 31 de mayo de 1992, en una bodega en la que se almacenaban miles de envases, en lo que hoy son las oficinas administrativas de la Cooperativa Pascual en la calle Clavijero de la Ciudad de México. Tenía que ser un evento importante para decirle al pueblo de México que ya existía la fundación de Los Patos. Era una especie de “galerón estilo Nueva York” en la que se expondrían obras de unos 300 artistas.
“Fue una idea loca”, dice Valentín Bautista. Tuvieron que analizar el criterio de cómo poder colocarla. Fieles a los principios obreros y de la escuela que fue el movimiento de lucha que dejó, decidieron que el orden de acomodo sería alfabético, mientras que el formato del cuadro para enmarcar fue estandarizado; debían ser iguales para evitar las contingencias de los egos artísticos.
El evento comenzó en el patio central y el galerón se mantuvo cerrado, acudieron muchas personalidades del mundo cultural. Mientras se daba la ceremonia comenzó a llover, y algunos asistentes se impacientaban. Valentín recuerda que dio un discurso en el que agradeció la solidaridad de los artistas plásticos, y se pidieron disculpas por no poder mencionar a todos, porque era imposible en la práctica.
“Entonces les pedimos que nos acompañaran a la puerta, pusimos un listoncito guango, y lo que no se esperaban es que adentro del galerón ya estaba la iluminación y todo montado. Cuando entra la gente se va para atrás, dijeron ¡wow! <Estos chingados patos están pero bien, bien acelerados>” recuerda con alegría Valentín.
Los artistas siguen confiando en ella
A lo largo de su caminar la fundación ha tenido muchas etapas. Desde la impartición de talleres, concursos, apoyo a artistas y movimientos. Una etapa significativa fue el trabajo con su imprenta. Con ella se produjeron incontables materiales en sus casi 30 años de funcionamiento.
En ella se imprimieron flyers, trípticos, postales, carteles para movimientos sociales, catálogos de artistas, muchos libros, y proyectos editoriales propios como sus revistas: El Cooperativista, Hojas de Utopía y su semanario Agua Cero. La imprenta fue jubilada en julio de este año, luego de imprimir por varias décadas mucha solidaridad.
Entre sus muchas etapas, el trabajo sostenido ha estado en las exposiciones, éstas no han cesado. Llevan la obra no solo a sus plantas de trabajadores y cooperativistas, si no a lugares remotos, en donde personas y organizaciones solicitan su acervo. En el año 2003 inauguraron su galería “Memorias de Utopía”, en la que realizan exposiciones mensuales de artistas de todos los estilos y generaciones.
En 1992 cuando se realizó la primera exposición, Eduardo Vélez era trabajador en el área de mantenimiento y maquinaria. Junto con decenas de trabajadores ayudó al montaje, así comenzó su acercamiento y luego su formación en el ámbito cultural. Ya como museógrafo y curador, desde hace años ha sido el encargado del acervo de la fundación. “La fundación es parte de mi vida, me apasiona y me siento afortunado de que me mandaran para acá, porque me ha dado muchas satisfacciones”, narra.
“Ya son 35 años nutriendo y rehidratando la cultura, creo que una de las cosas más importantes es cómo se crea la fundación, su noble origen, y que los artistas siguen confiando en ella”, agrega.
35 años nutriendo y rehidratando la cultura
A lo largo de vida cultural, la fundación ha realizado alrededor de mil 200 exposiciones. Sobre la labor de llevar la obra a otros lugares, Eduardo Vélez comenta que si algo caracteriza a la fundación es que va a lugares pequeños, “no necesariamente tiene que ser un museo para que el acervo llegue, es un trabajo de colaboración con organizaciones y comunidades”, cuenta Eduardo.
A sus 35, la fundación prepara su aniversario que será en octubre, festejará con una gran exposición de su acervo en el IPN. También celebrará con el lanzamiento de un nuevo sitio web. Su reto es mantener vivo un acervo creciente y amplificar su acceso cultural. Para proyecto de tal tamaño, resulta imposible hacer justicia a todas las personas que han colaborado en un propósito cultural tan insospechado.
Valentín Bautista señala que es un logro que la fundación cumpla 35 años de trabajo. “No es cualquier cosa, porque además lo logra haciendo cosas interesantes, siento que la cultura será el cambio en todo lo que somos como mexicanos”, dice.
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